Raphael Machado
Con el constante propósito de maximizar las ganancias, todos son sacrificados por igual, inmigrantes y nativos.
Escríbenos: infostrategic-culture.su
Anteriormente hemos comentado sobre los aspectos complicados y a menudo inhumanos de las artificiales migraciones masivas en el mundo contemporáneo, incluso señalando la obvia correlación entre la incapacidad para tratar el problema y el alza en los sentimientos basados en la identidad y el patriotismo en los países más afectados por la migración.
No obstante, también resulta importante destacar los esfuerzos de los gobiernos democrático-liberales involucrados entusiastamente en apoyar la migración para enfrentar este problema.
Primero y principal, debemos mencionar que el tratar este problema no emana de un tardío reconocimiento del problema causado por las migraciones masivas, tanto para los emigrantes como para los trabajadores locales, como tampoco se trata de un conocimiento reciente de su singularidad en cuanto a la cultura de su propio pueblo.
La motivación de los gobiernos occidentales es puramente electoral. Ellos apuntan a demostrar a sus poblaciones que ellos están "tratando la migración" para impedir el surgimiento de partidos y movimientos políticos rivales en tanto evitan tratar las raíces que ocasionan las migraciones o ejecutar cualquier esfuerzo real para revertir el problema existente.
En años recientes, la Unión Europea, Estados Unidos y el Reino Unido han firmado acuerdos bilaterales con terceros países para expulsar a emigrantes y refugiados.
La externalización de las fronteras es una estrategia que comprende la transferencia de las responsabilidades de controlar los flujos migratorios hacia terceros países.
Naciones tales como Libia, Turquía, Ruanda, Albania y otras han sido utilizadas como "guardianes" en fronteras europeas y norteamericanas a cambio de acuerdos de ayuda financiera y acuerdos comerciales, estos países aceptan recibir emigrantes expulsados, cosa que en un sentido significa una forma de chantaje (táctica que Turquía repetidas veces ha empleado contra Europa).
Existen varios ejemplos recientes de tales acuerdos, incluyendo el acuerdo por mil millones de libras entre la Unión Europea y El Líbano y otro que actualmente está siendo negociado con El Salvador.
Más aún, resulta irónico tener que señalar que las democracias liberales occidentales sostengan que ellas levantan valores liberales, humanistas, cosmopolitas y universalistas, en tanto simultáneamente eso sea solo por razones puramente electorales, para aglomerar a los inmigrantes en terceros países, manteniéndolos ahí hasta que un momento políticamente más oportuno se presente y los acepte.
Por ejemplo en Libia, los centros de detención controlados por milicias locales se destacan por sus abusos sistemáticos, incluyendo la tortura, trabajos forzados y violencia sexual. A pesar de todo esto, la Unión Europea continúa cooperando con las autoridades libias para interceptar a los emigrantes en el Mar Mediterráneo y devolverlos hacia estos centros.
De manera obvia, estas prácticas reducen a los seres humanos a ser meros peones en un juego geopolítico y económico. Los emigrantes y los refugiados son tratados como objetos, negociados y comerciados en pos de beneficios económicos y políticos en tanto su dignidad y vidas son ignoradas.
Los países occidentales a menudo se presentan como los defensores de los derechos humanos, la democracia, la ley y el orden. Sin embargo, estos acuerdos de deportación revelan una profunda contradicción entre estos declarados valores y las prácticas en realidad aplicadas.
Además, hay aspectos dentro de estos acuerdos que también muestran una dimensión fraudulenta respecto de las expectativas de los ciudadanos de los países que reciben inmigrantes. En muchos casos en terceros países que son utilizados para recibir inmigrantes, las naciones occidentales básicamente apuntan hacia atraer mano de obra experimentada para sectores especializados lo cual simultáneamente impide que los países de donde provienen los inmigrantes aprovechen su talento y reemplacen a trabajadores nacionales en los puestos de trabajo de mejores ingresos.
En otras palabras, los emigrantes son tratados como engranajes intercambiables dentro de una maquinaria económica global, se les niega la dignidad de una existencia enraizada y segura en su tierra natal como también respecto a condiciones decentes de trabajo y la posibilidad de asimilarse dentro de la cultura del país receptor.
Las contradicciones con la ideología de los derechos humanos de los países occidentales son evidentes. La Declaración Universal de los Derechos Humanos claramente señala que la "Dignidad" es un derecho inalienable. Sin embargo, aunque no sea posible decir que las oligarquías occidentales no son sinceras en su creencia en torno a esta ideología (después de todo, ellas objetivamente la promueven en lugar de otras ideologías y religiones) queda claro que la ideología de los derechos humanos defendida por Occidente trata con una concepción abstracta de la humanidad y no con seres humanos en su realidad concreta.
De este modo, la incansable búsqueda de maximizar las ganancias, todos son sacrificados: tanto los inmigrantes como los locales por igual.
Traducción desde el inglés por Sergio R. Anacona