
Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos al español un artículo del presentador y corresponsal Yunpeng Zhang en The China Academy.
Escríbenos: infostrategic-culture.su
Vamos con ello:
Firmado hace 131 años tras una derrota devastadora ante Japón, el Tratado de Shimonoseki supuso uno de los momentos más bajos de la historia moderna de China. Pero su importancia no se limitó a eso.
A lo largo de las décadas, tanto reformistas como revolucionarios han vuelto a él, ofreciendo explicaciones contrapuestas sobre la debilidad de China y planteando sus propias visiones como la solución.
En la primavera de 1895, hace casi exactamente 131 años desde que publicamos este ensayo, en la ciudad portuaria de Shimonoseki, Li Hongzhang, virrey, diplomático y el estadista más experimentado de la dinastía Qing, se sentó frente a Ito Hirobumi, el artífice del Japón moderno. La guerra ya estaba decidida. La Flota del Mar del Norte de China yacía destruida, sus ejércitos habían sido superados tácticamente y Pekín estaba totalmente expuesta a un asalto final japonés desde Shandong. Lo que quedaba no era tanto una negociación como un acuerdo.
Li llegó bajo presión y con mala salud. A los pocos días de las conversaciones, un nacionalista japonés le disparó, y la bala se le alojó en la cara. Los historiadores afirman que el ataque suavizó brevemente la postura de Japón, pero, aunque fuera cierto, no fue por mucho. Cuando se firmó el Tratado de Shimonoseki, sus términos fueron contundentes: China reconoció el dominio de Japón sobre Corea, cedió Taiwán y la península de Liaodong, y aceptó pagar una cuantiosa indemnización. Esto marcó uno de los momentos más bajos de lo que más tarde se denominaría el "siglo de la humillación" de China.
Para los contemporáneos, el tratado supuso un giro impactante: destruyó el último vestigio de la pretensión de China como potencia mundial. Para quienes seguían las noticias en aquel momento, los términos no eran abstracciones. Significaban territorio perdido, indemnizaciones impuestas y una creciente sensación de que el Estado que debía protegerlos ya no podía hacerlo. Pero lo que daría a Shimonoseki su poder duradero no fue solo lo que quedó registrado en el papel, sino cómo se recordaría. En las décadas siguientes, reformistas, revolucionarios y, más tarde, los líderes de un nuevo Estado volverían a este momento una y otra vez, y cada vez encontrarían en él una explicación diferente para la debilidad de China -y una propuesta diferente sobre cómo superar esa debilidad.
El tratado, en otras palabras, planteó una pregunta que las sucesivas generaciones responderían a su manera.
Para Kang Youwei y Liang Qichao, los reformistas más destacados de finales de la dinastía Qing, el impacto de Shimonoseki no fue simplemente una humillación nacional: fue una debilidad institucional. La derrota sugería no solo que China había sido superada en un único conflicto, sino que las estructuras a través de las cuales gobernaba, educaba y movilizaba a su pueblo se habían quedado rezagadas respecto a un mundo en constante cambio.
Liang, en sus escritos de los años posteriores a la guerra, argumentó que el camino a seguir residía en la reforma constitucional: "变法之本,在育人才;人才之兴,在开学校;学校之立,在变科举." La base de la reforma, escribió, residía en cultivar el talento; el talento dependía de las escuelas; las escuelas, a su vez, requerían una reforma del sistema de exámenes. El énfasis no estaba en la venganza ni siquiera en la amenaza externa, sino en la capacidad: en si el Estado podía generar el conocimiento y las instituciones necesarias para competir.
Desde esta perspectiva, Shimonoseki era menos una historia sobre Japón que sobre la propia insuficiencia de China en cuanto a capacidad estatal. El problema no era quién gobernaba, sino cómo funcionaba el sistema. Si se lograba reformar las instituciones -transformando la monarquía absoluta Qing en una constitucional, desarrollando la educación moderna y las funciones administrativas-, entonces se podría invertir la trayectoria. El tratado era una advertencia, pero también una oportunidad: la prueba de que la reforma ya no podía posponerse.
Este diagnóstico, sin embargo, no se mantuvo por mucho tiempo. Kang y Liang fueron derrotados en un golpe palaciego, el emperador que apoyaba su programa de reformas fue encarcelado y las fuerzas conservadoras recuperaron el control dentro de la corte. En los años que siguieron, una generación diferente miraría el mismo tratado y sacaría una conclusión más tajante y acusatoria.
Para los nacionalistas revolucionarios de principios del siglo XX, Shimonoseki se convirtió no solo en un símbolo de debilidad, sino de traición. La cuestión ya no era simplemente que el sistema hubiera fracasado, sino que las personas que lo controlaban no representaban a la nación que gobernaban. La corte Qing, desde este punto de vista, no era meramente ineficaz; era ilegítima.
Zou Rong, en su incendiario panfleto "El Ejército Revolucionario/革命军", dio voz a este cambio con una afirmación contundente: "中国者,中国人之中国也." China, escribió, pertenece al pueblo chino. La implicación era clara. Un régimen que presidió la pérdida de territorio y la humillación diplomática ya no podía pretender encarnar a la nación. Shimonoseki se convirtió así en prueba no solo de la derrota, sino de una disyunción más profunda entre el Estado y el pueblo.
El lema de Sun Yat-sen -"驱除鞑虏,恢复中华"- captaba la misma lógica en forma política. La tarea no era reformar el sistema existente, sino sustituirlo. En palabras de Sun: "expulsar a los bárbaros tártaros, restaurar China". Mientras que Kang y Liang se habían centrado en las instituciones, los nacionalistas se centraron en la identidad: quién tenía derecho a gobernar y en nombre de quién. El fracaso revelado en Shimonoseki se reformuló como el fracaso de una casa reinante que se mantenía al margen de la nación que gobernaba y, en última instancia, en contra de ella.
Sin embargo, incluso este marco nacionalista se consideraría más tarde insuficiente. Tras la fundación de la República Popular en 1949, tomó forma una nueva interpretación, que extendía la crítica más allá de las instituciones y los gobernantes hasta abarcar todo el orden histórico en el que operaban.
En las narrativas comunistas, el Tratado de Shimonoseki se convirtió en algo más que un revés diplomático o un fracaso dinástico. Era un síntoma de una condición estructural más profunda. Como dijo Mao Zedong en 1940: "中国是一个半殖民地半封建的社会." China, según esta formulación, era una sociedad semicolonial y semifeudal. Dentro de tal sistema, derrotas como la de Shimonoseki no eran aberraciones. Eran, en cierto sentido, resultados predecibles.
El énfasis se desplazó en consecuencia. El problema no era simplemente que las reformas hubieran sido insuficientes, o que las personas equivocadas hubieran ostentado el poder. Era que toda la estructura social y política era incapaz de resistir al imperialismo. Tratados como el de Shimonoseki eran las expresiones visibles de esa incapacidad.
Lo que siguió, en esta narrativa, no debía ser solo un cambio de régimen, sino una ruptura en la trayectoria histórica. Los acontecimientos de 1949 se presentaron como el momento en que China "se levantó", poniendo fin a un ciclo de humillación en el que tales tratados habían sido posibles, desde Nankín en 1842 hasta Tianjin en 1858, Shimonoseki en 1895, el Protocolo de los Bóxers en 1901 y las Veintiuna Exigencias en 1915. La importancia de Shimonoseki, pues, radicaba menos en sus términos específicos que en lo que representaba, junto con todos los demás tratados desiguales firmados por los sucesivos regímenes chinos desde la década de 1840: un sistema que ahora, por fin, había sido superado.
A través de estas tres interpretaciones, el mismo acontecimiento sirvió para sustentar tres argumentos distintos. Para los reformistas, demostraba la urgencia del cambio institucional. Para los nacionalistas, ponía de manifiesto una crisis de representación e identidad. Para los comunistas, ilustraba los límites de todo un orden histórico -y la necesidad de su transformación-. Cada lectura hacía algo más que explicar el pasado, ya que posicionaba a su autor, y al proyecto político que promovía, como la respuesta al fracaso que encarnaba el tratado.
Surge una pregunta más: ¿por qué Shimonoseki ? Al fin y al cabo, no es el episodio más destacado de la memoria histórica china moderna. Las Guerras del Opio, que inauguraron la era de la invasión extranjera, o la Guerra de Resistencia contra Japón (también conocida como el teatro de operaciones chino de la Segunda Guerra Mundial), que terminó en victoria, ocupan un lugar mucho más central en la conciencia pública. Se enseñan, se conmemoran y se invocan con mucha mayor frecuencia.
Sin embargo, Shimonoseki tiene un tipo diferente de utilidad. Aísla un momento de debilidad del Estado sin la complicación de la redención. No hay una resistencia heroica que redima la derrota, ni un giro final que restablezca el equilibrio. China perdió tan completamente en el mar, en tierra y en la mesa de negociaciones, que todo el acontecimiento que lo rodea es tan sombrío como un agujero negro, lo que dejó poco margen para el consuelo o la reinterpretación en ese momento. Así, el tratado se erige como un claro ejemplo de fracaso: un Estado que no pudo ni defender su territorio ni negociar desde una posición de fuerza.
Esa claridad lo hace políticamente adaptable. Precisamente porque carece de un arco redentor, puede insertarse en diferentes narrativas con relativa facilidad. Los reformistas podían señalarlo como prueba de que las instituciones debían cambiar. Los nacionalistas podían citarlo como prueba de que los gobernantes manchúes habían perdido su mandato. Más tarde, los escritores comunistas pudieron incorporarlo a una historia más amplia de subordinación estructural y eventual liberación.
En este sentido, Shimonoseki funciona como una herramienta de diagnóstico. Permite a los regímenes sucesivos identificar un problema -ya sea institucional, político o sistémico- y luego afirmar que ellos, de manera única, lo han resuelto. El significado del tratado no es fijo. Se reasigna continuamente, de formas que reflejan las prioridades y la autocomprensión de quienes lo recuerdan.
Más de un siglo después, ese proceso no ha desaparecido por completo. Shimonoseki no domina el discurso contemporáneo, salvo cuando se invoca conscientemente.
El tratado refuerza una narrativa que tiene menos que ver con la agresión externa que con la vulnerabilidad interna: la idea de que cuando el Estado es débil -cuando sus instituciones flaquean, su liderazgo pierde legitimidad o su estructura no puede movilizarse eficazmente- resultados como los de Shimonoseki se hacen posibles. Esa implicación, a su vez, ayuda a explicar el énfasis en el discurso chino moderno sobre la capacidad, la soberanía y la vigilancia.
El recuerdo de Shimonoseki no es, por tanto, simplemente un registro de derrota, ni solo una herramienta de argumentación política. Obtiene su fuerza de una cuestión más básica que nunca ha desaparecido del todo. Es un recordatorio, a veces explícito y a veces implícito, de una pregunta que sigue configurando el pensamiento político: ¿qué tipo de Estado firma tratados como este, y cómo se garantiza que nunca vuelva a suceder?
Publicado originalmente por The China Academy.
Traducción: Geopolítica rugiente