
Eduardo Vasco
EE.UU. usa la ONU como mercado: chantajea votos, impone candidatos y preparó el terreno para invadir Venezuela mientras el mundo miraba.
Escríbenos: infostrategic-culture.su
Los años 2018 y 2019 estuvieron entre los más dramáticos de la historia reciente de Venezuela (que está permeada por acontecimientos dramáticos). El país sufría una guerra económica impuesta por el imperialismo, expresada en las sanciones de Estados Unidos y de la Unión Europea, en la exclusión del sistema financiero internacional, en la imposibilidad de importar productos básicos como alimentos y medicamentos, y en el sabotaje interno por parte de capitalistas alineados con la burguesía extranjera.
En mayo de 2018, Nicolás Maduro ganó ampliamente las elecciones presidenciales, incluso bajo la presión de la guerra económica, del boicot de la oposición golpista y de la injerencia política de ONG e institutos estadounidenses. Naturalmente, el imperialismo no aceptó el resultado e intentó repetir el guión golpista de 2013 y 2014, con protestas violentas y guarimbas de la extrema derecha. La presión aumentó en los meses siguientes, alimentada por las maniobras diplomáticas que Washington y Bruselas realizaban en el ámbito internacional.
El momento de mayor tensión ocurrió a comienzos de 2019, cuando la campaña terrorista en torno a la "crisis humanitaria" en Venezuela condujo a un intento de invasión terrestre a través de las fronteras de Venezuela con Brasil y Colombia, así como al intento de imponer un gobierno títere encabezado por el ilegítimo presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó.
La ONU desempeñó un papel fundamental en la desestabilización de Venezuela. Durante las primeras semanas de 2019, Estados Unidos intentó aprobar una resolución en el Consejo de Seguridad que reconocía a Guaidó como la única autoridad legítima de Venezuela. Como informaron las propias agencias de noticias occidentales, Washington llevó a cabo un "intenso lobby" para que los miembros del Consejo votaran a favor de la resolución, la cual pedía nuevas elecciones, la restauración de la democracia y la imposición de ayuda humanitaria. La presión surtió efecto sobre la mayoría de los miembros (países de la OTAN y otros títeres), pero la resolución no prosperó debido al veto de China y Rusia.
Los países elegidos para los órganos de decisión de la ONU, como los asientos rotativos del Consejo de Seguridad, tenían un revólver apuntando a sus cabezas desde que Nikki Haley declarara, dos años antes, que Washington estaba "tomando nota de los nombres" de quienes votaran contra los intereses de Estados Unidos. Donald Trump, entonces en su primer mandato, había amenazado con cortar la ayuda exterior que los estadounidenses envían como forma de cooptar a las dirigencias de los países más pequeños si estos no seguían sus órdenes.
Chantajes como este son frecuentes y están dirigidos sobre todo a las naciones más dependientes de los programas de asistencia de Estados Unidos. Primero el imperialismo saquea y empobrece a los países pequeños; después les ofrece posibilidades de recuperación económica y social, paliativos que solo se conceden con la garantía de que el antiguo expolio continúe perpetuándose.
Como abordé en un artículo reciente, este método ya había sido denunciado por Cuba, contra la cual, con el fin de conseguir un pretexto "humanitario" para un cambio de régimen, Washington intentó comprar a los países africanos en votaciones del Consejo de Derechos Humanos mediante ofertas de asistencia en la lucha contra el sida, promesas de protección diplomática en la ONU o amenazas de retirar la protección de sus fronteras.
Paralelamente, Estados Unidos invirtió durante meses en una "campaña feroz" -en palabras del canciller venezolano Jorge Arreaza- contra la elección de Venezuela al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Fue una operación realizada conjuntamente con ONG imperialistas, como Human Rights Watch, en un intento de presentar al gobierno de Maduro como violador de los derechos humanos.
Además, a última hora se presentó la candidatura de Costa Rica (un peón de Estados Unidos) como alternativa para quienes sucumbieran a la presión estadounidense. América Latina tenía dos plazas en disputa, ahora con tres candidatos: Brasil, Venezuela y Costa Rica.
Sin embargo, la presión no produjo el efecto deseado: Venezuela quedó en segundo lugar y fue elegida junto con Brasil. La razón del fracaso de Estados Unidos fue el carácter secreto del voto de cada país. Así, quedó claramente demostrado que, cuando el imperialismo no tiene el poder de tomar represalias contra los países pobres, estos se sienten libres para votar conforme a sus propios intereses. Además, Trump había retirado a su país del Consejo de Derechos Humanos en 2018, reduciendo la influencia interna de Estados Unidos, razón por la cual los grandes periódicos e instituciones imperialistas discrepan de las políticas aislacionistas de Trump.
El caso contrasta claramente con aquellos en los que la votación es pública. Un ejemplo notorio ocurrió el mes anterior a la elección de la nueva composición del Consejo de Derechos Humanos, cuando el antiguo Consejo aprobó una resolución que creaba la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela. Se trataba de una maniobra para enviar a Venezuela "expertos" vinculados a instituciones occidentales con el fin de producir informes sesgados que otorgaran legitimidad a las acusaciones contra Maduro, elevando así la presión en favor de una intervención imperialista.
Aquella votación fue abierta, por lo que Estados Unidos podía saber quién seguía sus directrices y quién las desobedecía. Así, 19 países votaron a favor de la resolución intervencionista, 21 se lavaron las manos y solo siete se opusieron. Como Estados Unidos ya no podía participar directamente en las maniobras internas al no pertenecer más al Consejo de Derechos Humanos, encargó la tarea de articulación al tristemente célebre Grupo de Lima, compuesto por gobiernos de derecha recientemente instalados por Washington en América del Sur. "Este pequeño grupo sigue al pie de la letra los instrumentos que les entrega el imperio estadounidense", denunció el embajador venezolano ante la ONU, Jorge Valero. "Estos son súbditos vergonzosos de la administración del presidente Trump", añadió.
La misión fue renovada en 2020, 2022 y 2024 mediante el mismo modelo de votación abierta.
En enero de 2026, Venezuela fue invadida y Maduro fue secuestrado por el gobierno de Estados Unidos. La persistente campaña llevada a cabo desde la ONU prestó un servicio esencial para la preparación de esa intervención. Obviamente, este órgano imperial se lavó las manos una vez consumado el hecho.