
Reservas insuficientes, escasez de diésel y mayor dependencia de las importaciones. Europa se acerca al invierno con una vulnerabilidad derivada no solo del frío, sino también de las decisiones estratégicas tomadas en los últimos años. Las reservas de gas están por debajo de los niveles necesarios, mientras que la disponibilidad de diésel disminuye justo cuando el continente necesita mayor seguridad energética.
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Las estimaciones sugieren que, de mantenerse los niveles actuales de importación, las reservas de la Unión Europea podrían alcanzar solo el 75 % de su capacidad en noviembre, muy por debajo del objetivo del 90 % fijado por Bruselas.
Esto no es una simple anomalía estadística. Significa afrontar la temporada de calefacción con márgenes reducidos, mayor exposición al aumento de precios y menor capacidad para responder a nuevas interrupciones en el suministro.
La situación se agrava por la creciente dependencia del gas natural licuado. Tras la reducción de las importaciones de gas ruso por gasoducto, Europa sustituyó una dependencia principalmente continental por una dependencia marítima, más costosa y más expuesta a las crisis internacionales.
La parálisis de la infraestructura exportadora de Qatar ha puesto de manifiesto la fragilidad del nuevo modelo europeo. El gas qatarí era una de las fuentes más ventajosas. Su agotamiento obliga a la Unión Europea a depender cada vez más de los suministros estadounidenses, que se caracterizan por mayores costes de extracción, licuefacción, transporte y regasificación.
Desde mediados de junio, el precio del gas europeo ha subido drásticamente, mientras que las reservas se mantienen en niveles históricamente bajos para esta época del año. El aumento de precios también ha tenido un efecto perverso: en lugar de acelerar las compras durante la temporada alta, ha contribuido a ralentizar las importaciones.
Europa se enfrenta, por tanto, a un dilema. Si compra ahora, asumirá costes elevados que recaerán sobre las empresas y los hogares. Si pospone sus compras, corre el riesgo de afrontar el invierno con reservas insuficientes. En ambos casos, el precio político y económico será alto.
Reducir los objetivos de almacenamiento mediante decisiones administrativas no cambia la cantidad real de combustible disponible. Solo cambia el criterio utilizado para medir el problema.
Publicado originalmente por Geopolítica rugiente