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La hora de escapar del « cautiverio de Bruselas »

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Lorenzo Carrasco

La hora de escapar del "cautiverio de Bruselas" podría ser mucho más que una reivindicación de soberanía nacional: la hora de devolver a Europa el arte olvidado de la diplomacia, para que vuelva a ser protagonista de su propia historia.

Escríbenos: infostrategic-culture.su

La decisión de Finlandia y Noruega de establecer un contacto diplomático directo con Vladímir Putin constituye una señal significativa de las tensiones que atraviesan la arquitectura política y estratégica europea. Aunque no representa una ruptura formal con la Unión Europea (UE) ni con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cuestiona la conveniencia de mantener a Rusia fuera de los canales de diálogo mientras se busca una salida a la guerra en Ucrania.

El 27 de octubre de 2026, el presidente finlandés Alexander Stubb y el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre conversaron durante aproximadamente 90 minutos con Putin, en consulta con Ucrania, para impulsar nuevas negociaciones. La iniciativa provocó reservas en Dinamarca y Suecia, preocupadas por sus repercusiones sobre la coordinación europea.

El episodio adquiere mayor relevancia porque se trata de países vecinos de Rusia, directamente interesados en la seguridad del Báltico y del norte de Europa. La iniciativa puede interpretarse como el reconocimiento de una realidad estratégica: ninguna arquitectura de seguridad continental podrá sostenerse indefinidamente sin canales efectivos de comunicación con Moscú.

Pero el acontecimiento plantea una cuestión mucho más profunda: ¿hasta cuándo estarán dispuestos los Estados europeos a subordinar sus intereses nacionales a una estrategia común cuyos resultados políticos y económicos son cada vez más desastrosos?

El cautiverio de una ilusión

Para comprender cómo Europa llegó a esta situación, debemos regresar a la caída del Muro de Berlín, en 1989, y a la disolución de la Unión Soviética, en 1991.

El fin de la Guerra Fría alimentó, entre importantes sectores de las élites occidentales, la convicción de que comenzaba una nueva época de predominio de la democracia liberal, de la globalización económica y de la creciente integración de los Estados bajo estructuras supranacionales, concebidas por algunas corrientes como pasos hacia formas de gobernanza mundial.

A las naciones europeas se les ofreció un horizonte de paz, prosperidad, libre circulación, mercados ampliados y mayor influencia internacional mediante la integración política y económica. Eran beneficios concretos, muchos de los cuales efectivamente se materializaron.

Sin embargo, junto con esas promesas se desarrolló una visión geopolítica mucho más ambiciosa: la posibilidad de consolidar un orden internacional en el cual Rusia, debilitada por la desaparición de la Unión Soviética, dejara de constituir una potencia capaz de desafiar la primacía occidental.

En determinados círculos geopolíticos también se especuló sobre una eventual fragmentación de la Federación Rusa y sobre las oportunidades económicas que abriría el acceso a sus enormes reservas de energía, minerales y otros recursos estratégicos.

Este escenario recuerda, por analogía histórica, las redistribuciones de poder, territorios e influencia que siguieron al desmoronamiento de los imperios otomano, austrohúngaro y alemán después de la Primera Guerra Mundial.

¿Hasta qué punto algunos sectores dirigentes occidentales llegaron a imaginar un desenlace semejante para Rusia ? ¿Qué intereses económicos esperaban beneficiarse de una eventual reorganización de su espacio estratégico?

El tamaño del jamón era demasiado tentador. Las inmensas riquezas energéticas, minerales y territoriales de Rusia alimentaban expectativas de beneficios extraordinarios ante la posibilidad de su debilitamiento y eventual fragmentación. La codicia pudo haber terminado haciendo el resto: transformar una ilusión geopolítica en una apuesta estratégica, confundiendo los deseos de quienes imaginaban repartirse el botín con las posibilidades reales de someter a una potencia de las dimensiones de Rusia.

Son preguntas fundamentales para comprender la evolución del orden internacional posterior a 1991. Aunque no existen pruebas suficientes para afirmar que la desintegración de Rusia fuese un objetivo oficial de la UE o de la OTAN, los intereses de determinados círculos financieros ante la perspectiva de acceder a sus inmensas riquezas estratégicas merecen un examen mucho más profundo.

La hipótesis crítica es que determinadas élites políticas y económicas, seducidas por las posibilidades de un debilitamiento permanente de Rusia y por los beneficios que podrían derivarse de una eventual fragmentación de su territorio, terminaron prisioneras de sus propias expectativas, subestimando la capacidad rusa de recuperación y su voluntad de preservar la soberanía nacional.

Sin embargo, la llegada de Vladímir Putin al poder fue desvaneciendo progresivamente aquella perspectiva. La reconstrucción del poder estatal ruso, la recuperación del control sobre los recursos estratégicos y el fortalecimiento militar modificaron las condiciones de la relación de Rusia con Occidente.

Al mismo tiempo, las disputas sobre la ampliación de la OTAN hacia las fronteras rusas, la seguridad continental y la soberanía de los Estados vecinos se agravaron hasta culminar en la invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022.

La guerra puso de manifiesto que el equilibrio europeo no podía mantenerse indefinidamente sobre presupuestos estratégicos incompatibles.

Las altas finanzas, el maltusianismo y la soberanía política

La evolución de Europa después de la Guerra Fría tampoco puede comprenderse sin examinar el papel creciente de las instituciones financieras y de los grandes gestores internacionales de capitales. La liberalización financiera, la globalización de los mercados y la expansión de las inversiones transnacionales contribuyeron a modificar la relación entre el poder económico y las instituciones políticas.

En este contexto adquiere interés la trayectoria profesional de dos de los principales dirigentes europeos: el presidente francés Emmanuel Macron, quien trabajó como banquero de inversiones en Rothschild antes de acceder a las más altas funciones gubernamentales; y el canciller alemán Friedrich Merz, quien presidió entre 2016 y 2020 el consejo de supervisión de BlackRock Asset Management Deutschland, filial alemana de la mayor gestora de activos financieros del mundo.

Ambos ilustran la estrecha circulación de profesionales entre las grandes instituciones financieras y las estructuras superiores del poder político de las naciones. Son gobiernos que parecen gozar de mayor popularidad entre los bancos que entre sus propios pueblos.

Gran Bretaña tampoco escapa a esta relación histórica entre el poder financiero y el político. Los vínculos entre la Corona británica y la City de Londres se remontan a siglos atrás, cuando las grandes casas comerciales y bancarias financiaban las necesidades de la monarquía y contribuían a la expansión del Imperio británico.

En nuestros días, el rey Carlos III ha manifestado públicamente su apoyo a Ucrania, mientras que el Gobierno británico mantiene una política de apoyo militar, financiero y diplomático a Kiev, acompañada de sanciones económicas contra Rusia. ¿Hasta qué punto la continuidad de la confrontación con Rusia responde a una concepción estratégica del poder británico y cómo se relaciona esta con los intereses económicos y financieros vinculados a la City?

La cuestión central es determinar hasta qué punto la proximidad entre las altas finanzas y el poder político influye en las prioridades de los gobiernos, particularmente cuando las exigencias de los mercados financieros entran en tensión con los intereses productivos y sociales.

Es inevitable recordar aquí la importancia histórica de las grandes casas bancarias europeas después de las guerras napoleónicas. La familia Rothschild participó destacadamente en la financiación de los esfuerzos bélicos británicos y consolidó posteriormente una poderosa red bancaria internacional. Waterloo forma parte de la narrativa histórica de ese ascenso.

A esta relación entre el poder político y las altas finanzas se añade una cuestión de fondo que no debería pasar inadvertida: la persistencia, en determinados sectores del pensamiento económico y político occidental, de una inclinación maltusiana que tiende a considerar el crecimiento de la población y sus necesidades principalmente como problemas de disponibilidad y administración de recursos. Ciertas élites financieras y políticas continúan interpretando las relaciones internacionales desde una perspectiva centrada en el control de recursos escasos, en lugar de la ampliación de las capacidades productivas y creadoras de las naciones.

La cuestión adquiere particular relevancia ante la guerra en Ucrania: cuando los cálculos estratégicos y financieros relegan a un segundo plano las consecuencias humanas de una confrontación prolongada, surge el riesgo de que las poblaciones sean tratadas como variables subordinadas a los intereses del poder.

Frente a semejante concepción, la tradición del Sistema Nacional de Economía Política, desde Alexander Hamilton y Friedrich List hasta otros exponentes, recuerda que la mayor riqueza de las naciones no reside exclusivamente en sus recursos naturales o financieros, sino en las capacidades creadoras, científicas y productivas de sus pueblos.

La cuestión contemporánea adquiere, entonces, otra dimensión: ¿quién soportará las pérdidas económicas derivadas de una eventual reordenación de las relaciones entre Europa, Rusia y Estados Unidos?

Las sanciones, la reducción del comercio energético, la reasignación de inversiones y los cambios en el valor de los activos han producido ganadores y perdedores. Un eventual acuerdo de paz también redistribuiría riesgos, oportunidades y expectativas financieras.

No puede anticiparse que los grandes fondos de inversión sean necesariamente los principales perjudicados. Pero cabe investigar qué sectores financieros se han beneficiado de la confrontación y cuáles podrían ver alteradas sus posiciones ante una normalización diplomática.

Los europeos como "mendigos estratégicos"

La prolongación de la guerra ha colocado a Europa ante una dificultad fundamental. Sus gobiernos comprometieron enormes recursos militares, financieros y políticos en apoyo de Ucrania, mientras Estados Unidos mantiene una influencia decisiva sobre las perspectivas de negociación y Rusia conserva capacidad para condicionar la seguridad continental.

Desde una interpretación crítica, la estrategia de buscar una derrota decisiva de Moscú ha encontrado obstáculos que obligan a revisar sus objetivos.

La continuidad indefinida de la guerra amenaza con profundizar el agotamiento económico, financiero y militar de Ucrania, sin ofrecer necesariamente una salida política al conflicto.

La destrucción de infraestructuras energéticas, industriales y de transporte, sumada a las dificultades de abastecimiento durante el invierno, amenaza con agravar todavía más la crisis humanitaria de Ucrania.

Cabe preguntarse si algunos de los más entusiastas defensores del mantenimiento indefinido de la actual estrategia de apoyo militar no estarán calculando también que el agravamiento de la tragedia humanitaria pueda traducirse en una mayor movilización de la opinión pública a favor de sus gobiernos y de la continuidad del conflicto.

De producirse semejante instrumentalización del sufrimiento humano, estaríamos ante una contradicción cruel y profundamente inhumana: convertir las consecuencias de la guerra en argumentos políticos para prolongarla.

Semejante cálculo sería compatible con una concepción maltusiana extrema, en la cual la población deja de ser considerada el principal sujeto y destinatario del desarrollo para convertirse en una variable subordinada a la administración de recursos, a los equilibrios de poder y a los intereses estratégicos.

Cuando el sufrimiento de los pueblos se incorpora al cálculo político como un costo administrable, la razón de Estado corre el riesgo de transformarse en una forma de deshumanización.

No puede afirmarse que el desenlace militar esté definitivamente establecido. Sin embargo, la prolongación de la confrontación aumenta sus costos humanos, económicos y territoriales, al tiempo que hace cada vez más urgente una solución diplomática capaz de evitar una catástrofe todavía mayor.

Desde la perspectiva crítica que orienta este ensayo, merece particular atención la influencia de aquellas concepciones "atlantistas" que confiaron en que la confrontación podría culminar en un debilitamiento decisivo de Rusia, sin calcular suficientemente los costos humanos y estratégicos de una guerra prolongada.

La devastación de Ucrania y el sufrimiento de su población no representan una solución beneficiosa para nadie: ni para los ucranianos, ni para Rusia, ni para Europa.

Y es precisamente Europa la que corre el riesgo de soportar una parte considerable de las consecuencias económicas y estratégicas del conflicto, sin disponer de una capacidad equivalente para determinar su desenlace.

Estados Unidos, China y Rusia, pese a sus rivalidades, conservan centros nacionales de decisión capaces de formular estrategias propias. La UE, en cambio, reúne países cuyos intereses no siempre coinciden, mientras la OTAN continúa dependiendo en gran medida de las capacidades estadounidenses.

Si Europa no consigue reconstruir su iniciativa diplomática y económica, corre el riesgo de convertirse en una comunidad de "mendigos estratégicos", reclamando un lugar en negociaciones cuyas decisiones fundamentales podrían tomarse principalmente en Washington, Moscú y Pekín.

La gravedad de esta perspectiva reside en que Europa conserva enormes capacidades industriales, científicas, tecnológicas y culturales, pero podría terminar careciendo de la autonomía política necesaria para convertirlas en influencia internacional.

El peligro no consiste simplemente en perder una guerra o una negociación, sino en quedar marginada de la construcción del orden mundial que surgirá después del conflicto.

Rapallo: escapando de la camisa de fuerza de Versalles

Aquí adquiere un significado extraordinario el precedente del Tratado de Rapallo, firmado el 16 de abril de 1922 entre la República de Weimar y la Rusia soviética. Ambos países habían quedado marginados, por razones diferentes, del orden europeo surgido de la Primera Guerra Mundial. Alemania estaba sometida a las restricciones territoriales, militares y financieras del Tratado de Versalles, mientras Rusia enfrentaba un profundo aislamiento diplomático y económico después de la Revolución bolchevique.

Rapallo fue una iniciativa mediante la cual dos Estados excluidos del centro de las decisiones europeas recuperaron capacidad de acción diplomática, desafiando las limitaciones del orden angloamericano establecido.

El acuerdo restableció relaciones diplomáticas y consulares, eliminó determinadas reclamaciones recíprocas y estableció el principio de la nación más favorecida para las relaciones comerciales y económicas.

También estuvo asociado a una cooperación militar posterior que permitió a Alemania eludir algunas restricciones de Versalles, circunstancia que revela los riesgos que puede entrañar un entendimiento establecido al margen de otros actores europeos.

Pero su principal enseñanza para nuestra investigación reside en la recuperación de la iniciativa nacional. Alemania encontró un camino para escapar parcialmente de la camisa de fuerza impuesta después de la Primera Guerra Mundial, mientras Rusia consiguió romper su aislamiento.

Un siglo después, Alemania enfrenta restricciones de naturaleza muy diferente. Bruselas no es Versalles: las instituciones de la UE surgieron de tratados aceptados por sus miembros y ofrecen derechos, recursos y mecanismos de participación que no existían en el sistema de posguerra de 1919.

Sin embargo, la comparación permite formular una pregunta provocadora: ¿podría una nueva iniciativa diplomática germano-rusa contribuir a superar algunas de las rigideces estratégicas que hoy limitan la capacidad de decisión alemana?

La ruptura económica con Rusia después de 2022 afectó profundamente una relación energética y comercial que había contribuido durante décadas al funcionamiento de la industria alemana.

Una eventual reconstrucción de esa cooperación, condicionada a acuerdos que garanticen la paz y la seguridad de Ucrania y de los demás países europeos, podría recuperar oportunidades industriales, comerciales y tecnológicas.

La propuesta no consistiría en repetir mecánicamente Rapallo, sino en recuperar su principio de iniciativa diplomática: buscar acuerdos mutuamente beneficiosos, incluso en circunstancias de profundas diferencias políticas.

Alemania y Rusia: el problema decisivo de la paz europea

Las relaciones entre Alemania y Rusia han ocupado durante siglos un lugar central en el equilibrio europeo. Cuando estas dos potencias han conseguido establecer relaciones estables, se han abierto posibilidades importantes de cooperación económica continental. Cuando han entrado en confrontación, las consecuencias han sido particularmente graves.

Un nuevo entendimiento germano-ruso, acompañado de garantías verificables para Ucrania y para los Estados situados entre ambos países, podría convertirse en uno de los fundamentos de una arquitectura de seguridad europea más estable.

No bastaría, sin embargo, un acuerdo bilateral impuesto sobre los intereses de otros pueblos. Precisamente las lecciones de la historia europea obligan a reconocer que la paz duradera exige respetar la soberanía de todas las naciones involucradas.

La recuperación de las relaciones económicas entre Alemania y Rusia podría contribuir a reducir los incentivos para la confrontación, fortalecer la producción industrial y abrir nuevos espacios de colaboración.

En ese sentido, un entendimiento germano-ruso integrado en un acuerdo continental de seguridad podría constituir una garantía importante de paz para Europa.

La pregunta es si Berlín conservará suficiente autonomía política para explorar esa posibilidad o si continuará condicionado por una estrategia de confrontación cuyos costos económicos y diplomáticos son cada vez más difíciles de administrar.

Estados Unidos, China y el retorno de la economía nacional

Estados Unidos enfrenta sus propias contradicciones. Dentro y fuera de la administración Trump coexisten diferentes concepciones sobre las relaciones con Rusia, la competencia estratégica con China y el futuro de la globalización.

Una de las posibilidades debatidas es que un acercamiento económico y diplomático entre Washington y Moscú contribuya a reducir la dependencia rusa respecto de Pekín. La viabilidad de esa estrategia es incierta, especialmente por la profundidad de los vínculos que Rusia y China han desarrollado durante los últimos años.

Mientras tanto, China continúa defendiendo públicamente elementos esenciales de la globalización comercial, aun cuando mantiene una fuerte intervención estatal en su propia economía.

Estados Unidos, por su parte, ha recuperado instrumentos de protección industrial, aranceles y políticas de seguridad económica.

Este cambio devuelve actualidad al Sistema Nacional de Economía Política, asociado históricamente a Alexander Hamilton y Friedrich List, que concede prioridad al desarrollo productivo, la infraestructura, la tecnología y el crédito dirigido hacia la economía real.

Para Europa, el desafío consiste en recuperar capacidades económicas propias sin renunciar a las ventajas de una cooperación internacional equilibrada.

La soberanía no exige aislamiento, pero sí capacidad efectiva para decidir sobre el desarrollo industrial, la energía y los intereses fundamentales de la sociedad.

La hora de recuperar la soberanía y el arte de la diplomacia

La iniciativa de Finlandia y Noruega puede constituir un indicio de que algunos gobiernos europeos comienzan a reconsiderar las limitaciones de una política exterior subordinada a posiciones colectivas que no siempre producen resultados diplomáticos.

No se trata todavía de una rebelión contra Bruselas ni de un abandono de los compromisos atlantistas. Pero plantea una pregunta que afecta al futuro de Europa: ¿qué sentido tiene la soberanía nacional si los Estados carecen de capacidad para establecer los contactos necesarios para preservar su propia seguridad?

El eventual agotamiento de las expectativas geopolíticas posteriores a 1991 obliga a reconsiderar la relación entre las instituciones supranacionales, el poder financiero y los intereses nacionales. La promesa de un orden internacional definitivamente integrado no eliminó las rivalidades entre las grandes potencias ni consiguió superar las exigencias históricas de soberanía, seguridad y desarrollo económico de las naciones.

La lección de Rapallo no consiste en reproducir los acuerdos de 1922, sino en recordar que incluso los sistemas internacionales aparentemente más rígidos pueden ser transformados por iniciativas diplomáticas capaces de reconocer intereses recíprocos.

Un entendimiento duradero entre Alemania y Rusia, acompañado de garantías efectivas para Ucrania y los demás pueblos europeos, podría contribuir decisivamente a la construcción de una nueva arquitectura de seguridad continental.

Pero para ello será necesario algo más que sustituir a unos dirigentes por otros o modificar las prioridades de Bruselas.

Después de las ilusiones del "Fin de la Historia" y de aquel supuesto admirable mundo nuevo liberal que prometía una globalización irreversible bajo una gobernanza cada vez más supranacional, quizá tengamos que hacer retroceder el reloj de la Historia por lo menos tres décadas y volver a convocar a las viejas escuelas de la diplomacia, cuyo oficio fue progresivamente relegado en buena parte de Occidente, dejando el escenario de las grandes decisiones estratégicas en manos de delirantes y aprendices de brujo.

Será necesario recuperar el arte de negociar entre Estados soberanos, reconocer la legitimidad de intereses nacionales diferentes, construir equilibrios de poder y establecer compromisos verificables de seguridad recíproca.

No se trata de regresar a la Guerra Fría, sino de recuperar una enseñanza que aquella época dejó a sus protagonistas: la diplomacia existe precisamente para encontrar acuerdos entre potencias que no comparten los mismos intereses, sistemas políticos ni concepciones del mundo.

La tarea inmediata sería reconstruir canales permanentes de diálogo, restablecer instrumentos de control de armamentos y reducción de riesgos, negociar garantías de seguridad que incluyan a Ucrania y abrir, sobre esa base, posibilidades de recuperación de las relaciones económicas europeas.

Esta sería la dimensión práctica de la recuperación de la soberanía: transformar el reconocimiento de los intereses nacionales en iniciativas de paz, cooperación productiva y reconstrucción del equilibrio continental.

Porque la alternativa no está entre diplomacia y soberanía, sino entre ejercer ambas o resignarse a la irrelevancia estratégica.

Europa todavía dispone de los recursos humanos, industriales, tecnológicos y culturales necesarios para participar decisivamente en la construcción del futuro. Pero deberá recuperar la capacidad de pensar y actuar políticamente, sin confiar su destino a las ilusiones de una Historia que supuestamente había llegado a su fin.

De lo contrario, sus grandes naciones corren el riesgo de convertirse en "mendigos estratégicos", solicitando un lugar en la mesa donde otras potencias deciden el futuro de su propio continente.

La hora de escapar del "cautiverio de Bruselas" podría ser, entonces, mucho más que una reivindicación de soberanía nacional: la hora de devolver a Europa el arte olvidado de la diplomacia, para que vuelva a ser protagonista de su propia historia.

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